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5 julio

les vacances de Noël en Himalaya

du dimanche 26 décembre 2010 au dimanche 2 janvier 2011

spectacles, ateliers, visites, installations, cinéma, rencontres et conférences : découvrez le programme des activités de Noël en Himalaya au musée...

en el blanco de los ojos

Máscaras primitivas de Nepal

  • Entreplanta este
  • Entrada colección 8,50 € tarifa normal y 6 € tarifa reducida

DEL MARTES 9 DE NOVIEMBRE DE 2010 AL DOMINGO 9 DE ENERO DE 2011

COMISARIOS: Stéphane Breton y Marc Petit

La exposición

Máscara antropomorfa © museo del quai Branly, fotografía de Thomas Duval

El museo del quai Branly presenta este invierno un conjunto excepcional de 22 máscaras primitivas de Nepal procedentes de la donación hecha al museo en 2003 por el coleccionista Marc Petit.

En las montañas de Nepal existen sociedades tribales que no son ni budistas ni hinduistas. Las más conocidas son los magar, los gurung, los tamang, los rai y los limbu. 

Desde hace siglos utilizan máscaras, que algunos asocian sin duda al chamanismo, una práctica que subsiste aún hoy. Rostros de antepasados, figuras de personajes míticos, demonios y bufones, estas máscaras son el reflejo de la impregnación del chamanismo y de las creencias ancestrales en la vida cotidiana y en los rituales de estas sociedades tribales.

Máscara antropomorfa © museo del quai Branly, fotografía de Thomas Duval

Pero estas máscaras, que no han sido objeto de investigaciones científicas profundas, siguen siendo poco conocidas. Empezaron a aparecer en la escena internacional hace unos treinta años, y llamaron la atención de los escasos interesados en ellas por su extraordinaria rareza. Entre ellos Marc Petit, quien las coleccionó y fue uno de los primeros en comprender que su brutalidad procedía de un arte muy audaz. Asimismo, donó al museo del quai Branly piezas excepcionales.

En torno a una máscara

Máscara de danza, personaje masculino @ museo del quai Branly, fotografía de Thomas Duval

ROSTRO DE MADERA

¿Qué es? Una patata que espera al cuchillo, la cara molida a palos de un borracho, un escupitajo en la palma de la mano, una esquirla de un rostro, una mirada que nos impacta. Este objeto se parece como dos gotas de agua a un encuentro desafortunado. Alguien que no nos conoce nos está observando y se burla de nosotros. Me gustaría decirles quién es.

No sabemos casi nada de esta máscara excepcional ni de otras semejantes llegadas de las llanuras nepalíes del Himalaya, sin duda de una región poblada por los magar o los gurung, aparte del hecho de que durante mucho tiempo hubo personas que la cuidaron y la acariciaron con sus manos grasientas generación tras generación, que la envolvieron en trapos y la colocaron sobre el fuego para secarla y que volviera a gritar. Ha recibido toda la suciedad y todo el humo del mundo, está  impregnada del sudor de todos aquellos que la llevaron. Pocas cosas con tanta porquería son capaces de resplandecer tanto.

Hay una cosa segura: no se trata de un rostro, sino de una jeta. En este mundo, nos dice esta máscara, los humanos disponen de una jeta. Eso les honra, y por eso nosotros formamos parte de ellos. Una jeta es algo amorfo, blando y duro a la vez, según la situación. Eso dice mucho sobre el fondo de nuestra alma. Esto es lo particularmente interesante de esta máscara, que sin duda se explica a la luz  del chamanismo tibetano o nepalí, que a veces se mezcla con el budismo tántrico y que ha producido en Siberia algunas máscaras de hojas tan frágiles como sólida es esta. Las máscaras —que hacen callar al rostro de aquel que las lleva— espantan todo tipo de enfermedades del alma y del cuerpo.

Sabemos pocas cosas de esta máscara, aparte de que viene de lo más profundo del tiempo y que no sonríe. Las dos cosas están relacionadas. Su gran antigüedad nos dice que su extraña gracia tenía un precio, el de la fuerza y la resistencia. La ignorancia y la memoria amenazan nuestra mirada embotada por la costumbre —la ignorancia de lo que aún no se conoce, la memoria de lo que ya se ha visto—.

Ni vista ni conquistada por los etnólogos, esta máscara se sumerge en lo desconocido; en ella no se aprecia la amabilidad plástica y en ocasiones reconfortante del «arte primitivo», ni el conformismo iluminado por las formas.

Stéphane Breton