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26 julio

Gradhiva n°5

verano 2007 : La sismografía de los terrores

Dossier establecido y presentado por Jackie Assayag

Durante y después de la Segunda Guerra Mundial, todo ocurría como si Europa y el mundo occidental rechazaran posar su mirada sobre el evento monstruoso que fueron los genocidios. ¿Imposibilidad de mirar la realidad de frente? ¿Imposibilidad de representarse lo que supera la imaginación? ¿Imposibilidad de asumir la culpabilidad, como algunos sugieren? ¿Imposibilidad aún mayor de creer lo que excede lo humano?

Pero, progresivamente, desde los años 50, la tendencia se invierte y, pese a todo, los « asesinos de la memoria » y otros « negacionistas » también se ponen manos a la obra. Al lado de la lenta toma de conciencia del Holocausto, del carácter traumático de las violencias extremas y del exterminio, otros conflictos o guerras se recalifican como « genocidios » (incluyendo en la época premoderna o la Antigüedad). En el seno de grupos –etnias, « razas », « comunidades », pueblos, religiones o naciones– se desarrolla la « competencia de las víctimas » para obtener el palmarés del sufrimiento; algunos lo aplauden, mientras que otros denuncian la denominada « industria del genocidio ».

Progresivamente, se impone una exaltación: « ¡Nunca más! ». No sólo nadie debe olvidar, sino que el imperativo categórico propio de la cara oscura de nuestra modernidad es recordar siempre, conmemorándolo o celebrándolo. Ahora bien, quien dice « deber de memoria » recurre frecuentemente a « lugares de memoria » ad hoc : en los lugares del crimen o en los museos. Por tanto, hay que acondicionar espacios propios para los eventos solitarios o colectivos y construir edificios destinados a cultos religiosos, civiles o incluso estéticos, dedicados a un nombre o a una imagen, una representación o un dispositivo material, ya se haya hecho de cualquier forma o esté arquitecturado, mas bien discreto u ostensible y que, además, puede ser abstracto o figurativo, sonoro o silencioso, meditativo o pedagógico, etc. De este modo, a partir de ahora se pretende dar a ver, sentir, escuchar y, en la medida de lo posible, hacer inteligible la violencia y la abyección del Evento, así como las consecuencias traumáticas para los supervivientes. Una manera de dar forma a lo inimaginable y arrancar una imagen al desastre; una manera también de hacer justicia a las víctimas y denunciar a los verdugos. La empresa quiere ser profiláctica y a la vez terapéutica, y también dar un mensaje de vigilancia.

¿La puesta en escena del museo sería sinónimo de « advertidor de incendios », según la fórmula sorprendente de Walter Benjamin? Todos y cada uno, jóvenes o viejos, podrían entonces transformarse en testigos –ex post– gracias a estos sismógrafos de los terrores masivos concebidos, fabricados y puestos en escena en los museos edificados en la actualidad en todas partes del mundo.