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23 mayo

Gradhiva n°5

primavera de 2007: La sismografía de los horrores. Traumatismos, museografía y violencia extrema

Dossier realizado y presentado por Jackie Assayag

A lo largo de la Segunda Guerra Mundial y una vez que hubo terminado, Europa y el mundo occidental rechazaron fijar su mirada en ese evento monstruoso que fueron los genocidios. ¿Acaso resultaba imposible mirar a la realidad de frente? ¿O era sencillamente imposible representar unos hechos que superaban la imaginación? ¿O acaso, como algunos sugieren, no querían asumir su parte de culpabilidad? ¿O es que esos acontecimientos inhumanos eran imposibles de creer?

No obstante, a partir de los años 1950, la tendencia se invierte progresivamente. Pese a todo, los «asesinos de la memoria» y otros «negacionistas» también se ponen manos a la obra. Al lado de la lenta toma de conciencia del Holocausto, del carácter traumático de las violencias extremas y del exterminio, otros conflictos o guerras se recalifican como «genocidios» (incluyendo en la época premoderna o la Antigüedad). En el seno de grupos —etnias, «razas», «comunidades», pueblos, religiones o naciones— se desarrolla la «competencia de las víctimas» para obtener el palmarés del sufrimiento; algunos lo aplauden, mientras que otros denuncian lo que se denomina «industria del genocidio».

Progresivamente, se impone una exclamación: «¡Nunca más!». No sólo nadie debe olvidar, sino que el imperativo categórico propio de la cara oscura de nuestra modernidad es recordar siempre, conmemorándolo o celebrándolo. Ahora bien, quien dice «deber de memoria» recurre frecuentemente a «lugares de memoria» ad hoc en los lugares del crimen o en los museos. Por tanto, hay que acondicionar espacios propios para los eventos solitarios o colectivos y construir edificios destinados a cultos religiosos, civiles o incluso estéticos, dedicados a un nombre o a una imagen, una representación o un dispositivo material, ya se haya hecho de cualquier forma o esté diseñado, más bien discreto u ostentoso y que, además, puede ser abstracto o figurativo, sonoro o silencioso, meditativo o pedagógico, etc. De este modo, a partir de ahora se pretende dar a ver, sentir, escuchar y, en la medida de lo posible, hacer inteligible la violencia y la abyección del Evento, así como las consecuencias traumáticas para los supervivientes. Una manera de dar forma a lo inimaginable y arrancar una imagen al desastre; una manera también de ofrecer justicia a las víctimas y denunciar a los verdugos. La empresa quiere ser profiláctica y a la vez terapéutica, y también dar un mensaje de vigilancia.

¿Acaso la puesta en escena del museo sería sinónimo de «alarma de incendios», según la sorprendente fórmula de Walter Benjamin? Todos y cada uno, jóvenes o viejos, podrían entonces transformarse en testigos —ex post— gracias a estos sismógrafos de los horrores masivos concebidos, fabricados y puestos en escena en los museos actuales de todo el mundo.